Jamás

La mente es algo curioso y casi inverosímil. Tiene una extraordinaria semejanza con un escenario de ésos muy profundos –tanto que se sentiría vértigo–, que tuviese una serie sucesiva de decoraciones imprevistas, Primero una, después otra y otra, sin acabar jamás, porque la mente, en el fondo, es insondable. También se parece a dos grandes y descomunales espejos encontrados, que se reprodujeran a sí mismos sin cansancio y de una manera tan infinita como en las pesadillas, con la diferencia que a medida en que apareciesen nuevos espejos –espejos y espejos como una torre de Babel– las figuras reproducidas fueran siendo otras o, con mayor exactitud, las mismas, pero vistas en aspectos desconocidos, como si a cada nueva aparición se descompusieran en sus elementos integrantes creando una falsa idea de que, después de algún tiempo, en el más lejano y último de los espejos, acabaría por encontrárselas, simples ya, y como quien dice “monocelulares”, poniendo al descubierto su origen y con ello el origen de todas las cosas, el secreto del universo y el principio de lo que existe. Pero ya se ha dicho que, en todo caso –y aun dejándose llevar por ilusiones ópticas–, se trata de una falsa idea o si se quiere, de un “espejismo”. La mente, no obstante, es así. Nosotros tenemos un pensamiento, una emoción, un instinto. Mas todos ellos –y cada uno en lo particular– se pueden descomponer en mil pedazos y no encontraremos jamás el camino, no encontraremos jamás lo simple ni lo primario.

JOSÉ REVUELTAS, Los muros de agua (1941).

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